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Por MARIO VARGAS LLOSA 26 de Julio de 2000
Fumando Espero
UN jurado de Miami ha condenado a cinco empresas tabacaleras a
indemnizar, a medio millón de fumadores físicamente perjudicados por los
cigarrillos, con la astronómica suma de 145 mil millones de dólares. El tribunal
había decidido, antes, que aquellas empresas delinquieron ocultando información
sobre los perjuicios del tabaco y utilizando en la producción de cigarrillos
sustancias que aumentaban la adicción. Aunque, desde que dejé de fumar, hace
treinta años, detesto el cigarrillo y a sus fabricantes, la sentencia no me ha
alegrado tanto como a otros ex fumadores, por razones que me gustaría tratar de
explicar.
Empecé a fumar cuando tenía siete u ocho años de edad, en Cochabamba. Con mis
primas Nancy y Gladys invertimos nuestras propinas en una cajetilla de Viceroys
y nos la fumamos entera, bajo el árbol del jardín, en la casa de Ladislao
Cabrera. Gladys y yo sobrevivimos, pero la flaca Nancy tuvo vómitos
sobrecogedores y los abuelos debieron llamar al médico. Esta primera experiencia
fumatélica me disgustó muchísimo, pero mi pasión por ser grande de una vez era
más fuerte que el asco, y seguí fumando para parecerlo, aunque, estoy seguro,
sin el menor placer y a escondidas, todos los años de la secundaria. Mi
adolescencia universitaria es inseparable del cigarrillo, de los ovalados
Nacional Presidente de tabaco negro y algo picante que fumaba sin parar,
mientras leía, veía películas, discutía, enamoraba, conspiraba o intentaba
escribir. Tragar y echar el humo, en argollas o tirabuzones o como una nubecilla
que se iba descomponiendo en figuras danzantes, era una gran felicidad: una
compañía, un apoyo, una distracción, un estímulo. Cuando llegué a Europa, en
1958, fumaba un par de cajetillas diarias cuando menos, y debían de haber
acariciado mis pulmones ya los humos y humores de varios millares de
cigarrillos. El descubrimiento de los Gitanes, en París, catapultó mi afición al
tabaco; pronto pasé de dos a tres paquetes diarios. Fumaba todo el día,
empezando inmediatamente después del desayuno. No podía fumar en ayunas, pero,
luego del café cargado y el croissant, esa primera aspiración de humo espeso me
hacía el efecto del verdadero despertar, del comienzo del día, del primer
impulso vital, de la puesta en marcha del organismo. Recuerdo perfectamente bien
que tener un cigarrillo encendido en la mano se convirtió en el requisito
indispensable para cualquier acción o decisión, trivial o importante, de la
vida: abrir una carta, contestar una llamada por teléfono o pedir un préstamo en
el banco. Fumaba entre plato y plato a la hora de las comidas y en la cama,
dando la última pitada cuando el sueño me había arrebatado ya parte de la
conciencia.
Por esa época, mediados de los sesenta, un médico me advirtió que el cigarrillo
me estaba haciendo daño, y que, si no lo suprimía, debía por lo menos reducir
drásticamente la ración de tabaco. Vivía atormentado con problemas de bronquios,
y los inviernos parisinos me tenían estornudando y tosiendo sin cesar. No le
hice caso, convencido de que sin el tabaco la vida se me empobrecería
terriblemente, y que, incluso, hasta perdería las ganas de escribir. Pero, al
trasladarme a Londres, en 1966, intenté un acomodo cobardón con mi vicio
solitario: fumar, en vez de los amados Gitanes, los esmirriados y rubiones
Players Number 6, que tenían filtro, menos tabaco y que nunca me acabaron de
gustar. Lo hice porque empecé a sentir, en las tardes o noches, a causa de la
intoxicación de nicotina, unas punzadas en el pecho que sólo amainaban
bebiéndome un vaso de leche.
Pero no fueron los bronquios maltratados ni las punzadas pectorales, sino un
médico de Pullman, cuyo nombre, oh ingratitud humana, he olvidado, lo que me
decidió por fin a dejar de fumar. Estaba allí, en esa remota localidad
favorecida por las tormentas de nieve y las rojas manzanas del centro del Estado
de Washington, de profesor visitante, y mi simpático vecino, profesor en la
Facultad de Medicina de la Universidad, me veía fumar como un murciélago, día y
noche, francamente espantado. Muy en serio, en nombre de nuestra flamante
amistad, me pidió que le regalara medio día de mi vida. Lo hice, porque me caía
muy bien, pero advirtiéndole que era genéticamente alérgico a las conversiones
(religiosas, políticas o medicinales). Sonrió, comprensivo, y me llevó al
hospital de la Universidad, donde, durante tres o cuatro horas, me dio una clase
práctica contra el cigarrillo.
Salí de aquella visita convencido de que los seres humanos somos todavía más
estúpidos de lo que parecemos, porque fumar constituye un cataclismo sin remedio
para cualquier organismo, como puede comprobar cualquiera que se tome el trabajo
de consultar la enciclopédica información científica que existe al respecto y
que no ha podido ser rebatida por ninguna de las comisiones de científicos
contratadas por las compañías tabacaleras para tratar de contrarrestar las
abrumadoras conclusiones de todas las investigaciones independientes sobre los
efectos del tabaco, y, pese a ello, existen todavía -y sin duda seguirán
existiendo- millones de fumadores en el mundo. Tal vez lo que más me impresionó
fue advertir la absoluta desproporción que, en el caso del cigarrillo, existe
entre el placer obtenido y el riesgo corrido, a diferencia de otras prácticas,
también peligrosas para la salud -me resisto a llamarlas vicios-, pero
infinitamente más suculentas que la tontería de tragar y expeler humo. Ahora
bien, a pesar de haber sido tan fanáticamente persuadido por mi amigo de Pullman
de la barbaridad criminal que era fumar, seguí haciéndolo por lo menos todavía
un año más, sin atreverme a dar el paso decisivo. Pero, eso sí, descompuesto por
el temor y la mala conciencia y los remordimientos cada vez que encendía un
cigarrillo.
Dejé de fumar el día de 1970 que abandoné Londres para irme a vivir a Barcelona.
Fue mucho menos difícil de lo que temía. Las primeras semanas no hice otra cosa
que no fumar -era la única actividad que tenía en la cabeza-, pero me ayudó
mucho, desde el primer momento, empezar a dormir por fin como una persona
normal, sin los accesos de tos que antes me despertaban varias veces en la
noche, y despertar en la mañana con el cuerpo fresco, sin la fatiga de antes.
Resultó divertidísimo descubrir que había olores distintos en la vida -que
existía el olfato-, y, sobre todo, sabores, es decir que no era lo mismo dar
cuenta de un churrasco con arroz que de un plato de garbanzos. Juro que no es
una exageración, pero el tabaco me había estragado por completo el sentido del
gusto. Dejar de fumar no afectó para nada mi trabajo intelectual; por el
contrario, pude trabajar más horas, sin aquellas punzadas que antes me
arrancaban del escritorio, mareado, en busca del vaso de leche. Las
consecuencias negativas de dejar de fumar fueron el apetito, que se me
multiplicó, y me obligó a hacer ejercicios, dietas y hasta ayunos, y una cierta
alergia al olor del tabaco, que, en países donde todavía se fuma mucho y por
doquier, como en España o América Latina, puede complicarle la vida bastante al
ex fumador.
Como suele ocurrir con los horribles conversos, en los primeros tiempos me volví
un apóstol del antitabaco. En Barcelona, una de mis primeras conquistas fue
García Márquez, a quien, una noche, en un bar de la calle Tuset, lívido de
horror con mis historias misioneras sobre los estragos de la nicotina, vi
arrojar la cajetilla de cigarrillos a la pista y jurar que no fumaría más.
Cumplió lo prometido. A varios de mis amigos de esos años convencí de que
dejaran de fumar y adoptaran vicios más sabrosos y benignos, pero fracasé
estrepitosamente con Carlos Barral. Mi celo apostólico fue mermando con los
años, sobre todo a medida que, en buena parte del mundo, se multiplicaban las
campañas contra el cigarrillo, y el tema adquiría en ciertos países, como
Estados Unidos y Gran Bretaña, ribetes paranoicos, poco menos que de cacería de
brujas. Hoy día es imposible, en esos países, no sentir una cierta solidaridad
cívica con los fumadores, que han pasado a ser, en muchos sentidos, ciudadanos
de segunda clase: perseguidos, prohibidos de practicar su adicción casi en todas
partes, se los nota, además, acomplejados, avergonzados y conscientes de su
lastimosa condición, como los leprosos en la Edad Media.
Desde luego, es muy justo que las compañías que fabrican cigarrillos sean
penalizadas si han ocultado información, o si -delito todavía más grave- han
utilizado sustancias prohibidas para aumentar la adicción, pero ¿no es una
hipocresía considerarlas enemigas de la humanidad mientras el producto que
ofrecen no haya sido objeto de una prohibición específica por parte de la ley?
Hay quienes reclaman esa prohibición, considerando que el Estado tiene la
obligación de proteger la salud pública y precaverla contra un producto cuyos
efectos son devastadores sobre el organismo. Quienes así piensan han olvidado,
sin duda, lo ocurrido con la famosa ley seca en Estados Unidos, que, en vez de
poner fin al consumo de alcohol, lo incrementó, y además trajo consigo un
aumento feroz de la criminalidad, el contrabando y la violencia callejera. O lo
que ocurre hoy mismo con drogas como la marihuana y la cocaína, cuyo consumo,
pese a las prohibiciones y persecuciones, aumenta de manera sistemática, así
como las mafias y la corrupción que rodea a la poderosísima industria del
narcotráfico.
El tabaco es muy dañino, y quienes fuman se juegan no sólo la vida sino la
invalidez y la disminución paulatina o brutal de sus facultades físicas e
intelectuales, y la obligación de los Estados, en una sociedad democrática, es
hacérselo saber a los ciudadanos de modo que éstos puedan decidir, con
conocimiento de causa, si fuman o no fuman. La verdad es que esto es lo que hoy
está ocurriendo en la mayor parte de los países occidentales. Si un
estadounidense, francés, español o italiano fuma, no es por ignorancia de lo que
ello significa para su salud, sino porque no quiere enterarse o porque no le
importa. Suicidarse a pocos es un derecho que debería figurar entre los derechos
de la persona humana. La verdad es que ésta es la única política posible, si se
quiere preservar la libertad del individuo, una libertad que sólo tiene sentido
y razón de ser si este individuo puede optar no sólo por aquello que lo
beneficia, sino también por lo que lo daña o perjudica. ¿Qué libertad sería
aquella que sólo permitiera optar por el bien y lo bueno, y excluyera de la
elección todo lo malo y perjudicial?
El alcohol es probablemente tanto o más dañino que el cigarrillo, y sus
consecuencias sociales son sin la menor duda más transtornadoras y trágicas que
las de la nicotina, como lo prueban los accidentes de tráfico de cada día
provocados por las borracheras de los conductores o los desmanes de los
hooligans en los estadios ingleses. Y, sin embargo, todavía a nadie se le ha
ocurrido desencadenar contra las compañías cerveceras, o las destilerías de
whisky y de vodka, las campañas cívicas y legales con que son acosadas las
tabacaleras.
Si se reconoce al Estado el derecho de velar por la salud de los ciudadanos
hasta sus últimas consecuencias, la libertad -el derecho de elegir-
desaparecería incluso de los manteles del hogar. Porque la comida es, acaso, una
de las mayores causantes de las enfermedades y catástrofes para la salud que
devastan a la sociedad humana. Por exagerado que parezca, más bípedos mueren de
comer mucho y de comer mal, que de comer poco o de no comer. De modo que si se
confiere a los gobiernos o a los tribunales la decisión final del porcentaje de
nicotina que debe permitirse ingerir a los individuos, con la misma lógica
habría que autorizarlos a determinar las calorías lícitas e ilícitas que deben
componer las dietas de las familias. Aunque, a primera vista, la decisión de
aquel jurado de Miami de multar con esa cifra astronómica a las compañías
tabacaleras parezca una medida de progreso, no lo es, pues ella establece un
peligroso precedente para coartar la libertad humana.
© Mario Vargas LLosa, 2000.
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