Podría comenzar por contar los cigarrillos que no he fumado, o por convertir los meses en días, los días en horas, las horas en minutos, y así sucesivamente. O podría también maravillarme ante la cantidad de dinero que he ahorrado y que puedo gastar en otras cosas. Podría resaltar, igualmente, lo que mi salud ha ganado, lo que mi cuerpo agradece el haberse librado del venenazo. Podría, incluso, haber escrito un diario con las experiencias acumuladas.

Podría hacer todo eso, pero no lo voy a hacer, porque sería aburriros con cosas que ya sabéis, no vano habéis ido todos abandonando el vicio, unos con más facilidad que otros, o con más alegría, y otros con mucho trabajo (eso sí tiene mérito); pero los más de vosotros (de nosotros) con la alegría indescriptible de haber dejado el tabaco.

Lo cierto es que mi mala memoria me impide describir qué he ido sintiendo a lo largo de los meses, aunque resulta obvio que pasar de 60 cigarrillos a cero ha sido bueno para mi salud física y mi salud mental; vamos, que sé cuánto mejor estoy hoy, que hace un año, a las once de la noche, momento en que escribí en un malboro: “Eres el último, hijo de puta” y me fumé hasta la mitad y apagué con la absoluta seguridad de que ese gesto que tantísimas veces había repetido a lo largo de mi vida me había convertido, en esta ocasión, en no fumador.

No recuerdo, como digo, qué he ido sintiendo, cuál ha sido mi proceso mental (porque en ningún momento en el último año me he sentido “dejando de fumar” sino habiéndolo ya dejado al apagar el último cigarrillo); sin embargo, nunca olvidaré al menos uno de los últimos trescientos sesenta y cinco días: justo el día siguiente, el primer día completo sin tabaco. Pensad que nunca en los últimos veinte años había estado un sólo día sin fumar, ni cuando estaba enfermo ni, por supuesto, cuando intentaba dejar de fumar, encendiendo un cigarrillo apenas pasaba una hora de abstinencia; por eso, estaba convencido de que si vencía un solo día sin tabaco lo habría superado. Así que salí a la calle y veía a la gente que fumaba, y vive Dios que los veía como a extraños, como si yo jamás hubiera fumado, como si algo en mi cerebro hubiera sido reprogramado para ver el tabaco como algo ajeno a mí.

Es curioso, porque sólo cuarenta y ocho horas antes, yo era un ser convencido de que moriría joven a causa del tabaco, estaba resignado a ser esclavo de la nicotina hasta el momento de mi (cercana) muerte. Sin embargo, el día después de dejarlo estaba ya en otra galaxia, y quiero deciros que, en el momento en que escribo estas líneas, esa percepción permanece invariada en mi consciente y en mi subconsciente.

Lo de menos es si pasé mono, o ansiedad (no recuerdo haber sufrido en absoluto… ¡al contrario, joder, había dejado de envenenarme, nadie se puede sentir mal dejando de envenenarse!), lo importante es que me sentí a la vez muy contento de haberlo logrado, pero muy imbécil por haber tardado tanto en hacerlo.

Yo lo había intentado muchas veces, y por eso comprendo cómo os sentís muchos de vosotros que tenéis recaídas, es una sensación de derrota acompañada de un negro determinismo asociado a la dependencia al tabaco, y mi consejo es que, de verdad, llega el momento en que lo que yo pasé (el cambio de chip) le pasará a todo el mundo que crea sinceramente, que interiorice en lo más profundo de su alma, que la principal trampa del tabaco es hacernos creer que es duro y difícil abandonarlo. Este es uno de los consejos que como “veterano” puedo daros. Por este consejo –unas veces más explicado y desarrollado, otras menos– alrededor de veinte personas de mi entorno han dejado de fumar, unas con Allen Carr y otros simplemente entendiendo la trampa, la simple pero perversa trampa que acabo de comentar.

Hay más conclusiones que he sacado en este último año. Una de ellas es el tremendo y macabro mecanismo que utiliza la industria para enganchar a la juventud (joven enganchado = adulto enganchado), cuando se transmite el mensaje de que fumar es un acto de responsabilidad y de madurez… lógicamente, esto es justo lo que necesita un chaval de quince años para encender un cigarrillo. Y, respecto a los mensajes en las cajetillas “fumar mata”, con alarde tipográfico, a todo color, o cuando se pongan fotos de pulmones enfisematosos, quiero añadir que la industria se parte de la risa ¿Por qué? Pues porque el adulto que fuma ya sabe que le está matando, y el joven que empieza ni por asomo piensa que eso le va a suceder, puesto que nunca le enganchará el tabaco… ¿o no hemos pasado todos por ese sentimiento?

Por eso, creo que si de verdad si quisiera evitar el tabaquismo entre la juventud (que equivale a evitar el tabaquismo), la única inscripción que debería llevar el paquete de tabaco es: FUMAR CREA ADICCION. Os aseguro que para alguien que empieza a fumar es mucho mayor el temor a engancharse que el temor a morir dentro de cincuenta años. Al tiempo.

En fin, creo que me estoy enrollando demasiado, y estos mensajes tan largos acaban por no leerse o leerse mal (a saltos, reconozco que peco de ello), así que ya me despido y os animo a encontrar esa luz.

Por último, se me olvidaba deciros que con mi adicción ni siquiera pudo el libro de Alen Carr. ¿Que cómo lo dejé? En una charla de Easyway. ¿Es el mejor método? Qué más da si lo es o no lo es. Ha sido mi método.

Besos.

PS: me alegro de haberme adelantado un día.